Hola hipóxicos!!!

No hace falta recordarle a nadie lo devastador del 2020, ni comparar el julio del año pasado con el actual en lo que a vuelos se refiere, ya que los aeropuertos vacíos y la ausencia de turistas en nuestro país, reflejan el estado del sector. El haber estado privados de libertad hasta hace no mucho ha contribuido a que el transporte de pasajeros haya caído en picado.

Yo personalmente he tenido la suerte de no vivir el parón al 100% como muchos de mis compañeros. Mi aerolínea -en la base desde la que yo opero- hizo una regulación de empleo temporal del 70%, con lo cual había días del mes que seguía volando. Pocos, muy pocos, pero al menos seguí activa durante la pandemia.

El verano de la tan sonada “nueva normalidad”, en la que muchos aviones de la flota están parados en tierra, la frecuencia de vuelos ha mermado hasta el punto de tan sólo volar unos días al mes. En mi caso, este julio, lo estrené el pasado lunes 6 con un vuelo a Tenerife (desde Barcelona) en un Airbus 321 con capacidad para 220 pasajeros que iba a menos de la mitad de ocupación.

La firma del vuelo, es decir, la hora a la que me tenía que presentar en el aeropuerto para juntarme con el resto de mi tripulación, fue a las 15:10 hora local. Me preparé como siempre, con bastante antelación, incluso un poco más de lo que suele ser habitual para mí; porque me veía “desentrenada” con los preparativos que hasta hace no mucho eran habituales y no quería ir con prisas.

Ese día dormí fatal, di muchas vueltas. El calor y la humedad de Barcelona también ayudaban a que conciliar el sueño fuese difícil; pero ciertamente estaba nerviosa. El día anterior me puse a repasar los procedimientos y a releer los emails que nos habían mandado para tenernos al tanto de la situación de la aerolínea, los nuevos cambios, la adaptación a nuevas regulaciones y un largo etcétera.

Además de los cambios en la operativa como consecuencia del Covid-19, en la aerolínea para la que vuelo nos enfrentábamos también a un cambio del proveedor de catering. Con lo cual el menú era nuevo, cambiaban los dispositivos de venta a bordo y en general el enfoque de esta nueva etapa era diferente.

Como os decía, dormí fatal la víspera del vuelo porque, a pesar de que solamente llevaba 22 días sin volar, sentía que muchas cosas habían cambiado. Me desperté temprano el día del vuelo para prepararme la comida y la cena (mi jornada empezaba a las 15:10 y terminaba a las 23:55, sin contar la hora y pico de antelación con la que salgo y lo que tardo después en volver a casa).
Esa mañana después de desayunar planché el uniforme a conciencia y organicé mi maleta de vuelo revisando hasta tres veces que llevaba toda la documentación necesaria para volar. Es increíble lo rápido que me deshabitué al proceso de prepararme, vestirme, maquillarme… cuando llevo 4 años haciéndolo casi a diario.

Mi camino hacia el aeropuerto discurrió dentro de lo normal en la “nueva normalidad”. Me subí al autobús con la mascarilla y no me la quité hasta muchas horas después cuando regresé de madrugada a mi casa después del vuelo a Tenerife. Llegué a la sala de firmas con los diez minutos de cortesía de rigor y saludé al primer oficial (el único miembro de mi tripulación que había llegado) haciendo un choque de codos. Cuando fueron llegando el resto nos presentábamos y saludábamos desde la distancia, ataviados con la mascarilla.

Una vez hecho el briefing pusimos rumbo al avión y allí nos enfundamos los guantes para empezar a hacer nuestros chequeos. Una vez estuvimos listos empezamos a embarcar y los pasajeros accedían a través del finger luciendo mascarillas y todo tipo de equipos de protección. Pantallas, guantes, mascarillas quirúrgicas, de tela, FPP2… un poco de todo.

La verdad es que una vez que pisas el avión y vuelves a estar dentro es como si no hubiera pasado el tiempo. Esta misma sensación -salvando las distancias- era la que experimentaba cuando se me acababa el contrato y me quedada en la bolsa de empleo durante meses esperando a que me volviesen a contratar.

Esta vez me hizo especial ilusión volver a la normalidad, compartir un día de vuelo con mis compañeros y volver a hablar con los pasajeros. Echaba mucho de menos el ambiente de trabajo dentro del avión y el contacto con la gente.

No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero hasta entonces disfrutemos el presente.

Más post como este en la web de Azafata Hipóxica.

Por Andrea Enríquez

Me llamo Andrea, nací en Santiago de Compostela en el último año capicúa de los 90. La primera vez que me subí a un avión fue como UM con 6 años, desde entonces no me he vuelto a bajar. Publicista desde 2013 y tripulante de cabina desde 2015.

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